Carlos Díaz Ábrego
La narcoviolencia
Seguimos padeciendo los enfrentamientos violentos y sanguinarios en prácticamente toda la república mexicana. Las autoridades federales y estatales nos dicen que esta ola de violencia obedece a ajustes de cuentas entre los distintos cárteles del narcotráfico. La verdad es que cada vez más y más nos horroriza la inseguridad pública que vivimos los mexicanos en cualquier lugar del país.
Si supiéramos que esta lucha entre bandas no cobraría vidas inocentes, seguramente no nos preocuparíamos, al contrario, celebraríamos que entre los criminales se hicieran pedazos y que la escoria quedaría finiquitada entre ellos mismos. Los ajustes, ajustes serían.
Pero no es así. Cuando se perfilan los famosos ajustes de cuentas entre ellos, es imposible cubrir con un escudo o manto protector a cientos de inocentes que transitan plácidamente por las calles o avenidas de las ciudades donde se prepara el brutal atentado. Por eso la preocupación. ¿Quién nos puede garantizar que no pasará nada al niño, niña, mujer, hombre o persona de la tercera edad que llegará a encontrarse en el lugar menos indicado, en el momento menos indicado?
¿Acaso hay alguna autoridad federal, estatal o municipal que pueda blindar a ciudadanos del plomo brutal y del encono desmedido entre vándalos que buscan dejar claro entre ellos quién es el más fuerte y poderoso, para que impere su fuerza en la plaza, como ellos denominan al territorio donde viven y “trabajan”? La ciudadanía está convencida que no.
Ya lo han dicho una y otra vez las autoridades norteamericanas, que México está viviendo horas de inmensa violencia que superan, incluso, al número de víctimas y caídos en la guerra con Irak y lo peor aún está por venir. La violencia que genera el narcotráfico, conocido como narcoviolencia constituye hoy por hoy el punto más álgido de la problemática social en nuestro país.
Junto con todo este problema, contamos además con un condimento adicional que es la corrupción que acentúa el conflicto llevándolo a escenarios poco conocidos por las mismas autoridades gubernamentales y por ende, la solución muchas veces ni la conocen y mucho menos saben qué hacer. Esta corrupción es una realidad en prácticamente todos los cuerpos de seguridad que “combaten y luchan” contra el crimen organizado. Por ello, es necesario hoy más que nunca que todas las autoridades de gobierno de los tres niveles realicen una limpia puntual y exacta de todos los elementos que constituyen las fuerzas de seguridad e implementen mecanismos que generen certeza y confianza a la sociedad, respecto a dichos cuerpos policiacos.
De igual forma, es necesario que se evalúe quién y quiénes conforman las distintas dependencias de gobierno encargadas de la seguridad pública federal, estatal y municipal. No puede ser posible que los titulares de gobierno, responsables directos de confeccionar los equipos para tales tareas prioritarias, nombren a amigos o funcionarios sin ninguna experiencia en la materia de seguridad.
No se puede improvisar ni jugar con esta área de la administración pública, ni con ninguna otra, pero menos, mucho menos con lo que hoy representa el enorme problema social, económico y político de todos los municipios y estados que conforman la federación mexicana: la seguridad pública.
La narcoviolencia ahí está, cada vez más y más crece y se reproduce a pasos agigantados en todos lados del México de hoy. No respeta colores ni partidos. Tampoco coordenadas geopolíticas ni mucho menos edades, género o condición social de los miembros de algún estado o municipio. La narcoviolencia se prepara e incrementa sus métodos de generar más miedo y violencia. ¿Y los gobiernos qué hacen con respecto a combatir a este nuevo cáncer social? El no hacer nada o dejar las cosas como están, incluyendo a los funcionarios que no dan ningún resultado, representa un delito de omisión. No hay más tiempo para esperar. Cada día, semana y mes que pasa sin ver mínima respuesta, significa indolencia e indiferencia. Es lo peor que puede hacer un gobierno a la sociedad. Puede ser demasiado tarde.

